viernes, 5 de junio de 2015

“HAZME LA PELOTA Y SERÁS FELIZ”. UNA NUEVA HISTORIA SOBRE MANDOS TÓXICOS



Hace un tiempo recibí el mail de un policía residente en Andalucía. No era un mail especialmente extenso, pero sí intenso; un buen manojo de líneas que rezumaban emociones. Debido a mi interés, a este mail le siguieron otros dos.
Para sintetizar. Este policía quería compartir conmigo la mezcla de angustia, rabia e impotencia que le generaba el mando a cargo de la comisaría. Escribía que, cuando llego a este nuevo destino, el jefe fue muy amable con él, incluso demasiado: “no estaba acostumbrado a este trato y desconfié. Se lo comenté a mi esposa y me dijo que era un mal pensado. Me convenció y llegue a pensar que estaba exagerando.”
Al poco tiempo, este agente empezó a ser consciente de que la comisaría se dividía entre palmeros entusiastas del mando en cuestión, y sus detractores (igualmente entusiastas y mucho más numerosos, pero también más silenciosos). El mando funcionaba como el perro del hortelano: no hacía ni dejaba hacer. Cualquier iniciativa de mejora o de cambio se moría en la mesa de su despacho. De todo esto fue testigo privilegiado nuestro agente protagonista, que al encargársele todo el tema de armas de la comisaría propuso la compra de determinado material policial especialmente necesario para la seguridad de los agentes. La respuesta que obtuvo del mando fue un ataque directo hacia su persona: que acababa de llegar y ya se pensaba que lo sabía todo, que era un metemierda y que su actitud minaba el trabajo del grupo, que si estaba a sueldo de los sindicatos…
Esta actitud y respuesta colocó a nuestro agente (al que llamaremos Alberto) automáticamente en el grupo silencioso de detractores. Desde ese momento, cualquier solicitud que hiciera, vacaciones, asuntos propios, etc., era cuestionada sistemáticamente. El grupo de palmeros le hizo el vacío más absoluto, propagando comentarios descalificativos a sus espaldas. Esto no desanimó a Alberto, que durante un tiempo siguió haciendo solicitudes de material y aportaciones para la mejora del servicio: todas fueron desestimadas.
Poco a poco, Alberto fue desmotivándose en el trabajo, encontrando sólo refugio en la familia y en algunos compañeros que se encontraban en situaciones parecidas. En la actualidad, Alberto se encuentra a la espera de respuesta a una solicitud de cambio de destino.
El caso de Alberto  es más frecuente de lo que pensamos. Este tipo de mandos tóxicos se encuentran al frente de muchas comisarías a lo largo de la geografía española. Estos mandos hace tiempo que dejaron de ser policías, aunque lleven uniforme. Mantenerse en el cargo es la manera de asegurarse un retiro adecuado. Son auténticos vagos uniformados. Pero, además, manejan un puntillo de narcisismo basado en el  lema: “o estás conmigo o estás contra mí”. Por ello, tienden a favorecer a aquellos agentes que actúan  como palmeros, que refuerzan su autoridad y no cuestionan su nula implicación en el trabajo policial.
¿Cómo viven cualquier comentario o propuesta de mejora, etc.? Como una amenaza. Las sugerencias de los agentes que sí se implican en su trabajo se traducen como una falta de lealtad, un cuestionamiento que, por supuesto, hay que castigar. La cuestión es no modificar el statu quo conseguido a base de no hacer nada durante años. Este mando tóxico va a contar con la inestimable colaboración de los palmeros, besaculos que son premiados con un trato diferenciado. Además, serán los candidatos perfectos para ocupar los puestos vacantes que se vayan produciendo en la jerarquía.
El castigo de agente díscolo no terminará con su nuevo destino. Cuando Alberto consiga su traslado, el mando tóxico posiblemente informará a su nuevo jefe que “Alberto es un buen agente, pero algo conflictivo; le gusta el protagonismo”.
El trabajo policial de calidad no tiene su enemigo en la calle, sino en casa. Podemos suponer las consecuencias que mandos así tienen para la motivación y el rendimiento en el trabajo